No me hizo falta mirarla dos veces, que tan solo con la primera ya me sobraban tres. Y fue instantáneo cuando decidí no apartar jamás mi vista de ella. Sin levantar un palmo del suelo, empecé a entender lo que su morenita cara despertaba en lo más profundo de mis sentimientos. Si antes no lo hacía, ahora se que nunca podría sentirte lejos… Cuando te miro, la veo, y no necesito rezarle al cielo, si lo más importante del corazón se encuentra en el cerro.

Recuerdo como si fuera ayer mi primera ofrenda floral a la virgen, con las mejores galas que unos orgullosos abuelos devotos, lo que en realidad pretendían, era ofrecerle a ella su propia nieta. A partir de ahí, estoy segura que todo empezó a ocurrir sin darme cuenta de lo que en realidad estaba ocurriendo…  Y probablemente no era la primera vez que la veía, pero si la primera que lo hice con conciencia.

“Yo te acompaño en la procesión mami, aunque vaya sin vela… que es más grande que yo”. Pero es a medida que cumples agostos, cuando puede acompañarla la ilusión de una niña por su pueblo como hermana de luz, pasando a ser un poco después no “tan niña”, pero si con más ganas con las que más fuerte se hizo la unión.

Son muchos agostos los que recuerdo, sin dejar atrás cada uno de los eneros, por supuesto. Buscarte entre los nardos sin ser tarea fácil, es encontrar respuesta a un sinfín de sentimientos. Creo firmemente que el vínculo verdadero con ella requiere su tiempo…  Y que la verdadera magia se encuentra al conocerla en la intimidad del invierno. Aunque muchos se excusen en que con mal tiempo, subir la cuesta del cerro de la virgen podría considerarse algo parecido a un deporte de riesgo. Si hay que buscar culpables, los jóvenes no tienen excusa, que el cerro no esta tan alto, y la que espera arriba, siempre extiende sus brazos.

Quizás cuando nos familiarizamos con las cosas o personas desde pequeños, las hacemos parte de nosotros mismos, o parte imprescindible de nuestra vida, y a mí, debió pasarme algo parecido.

Todo es lo que le debo y poco lo que puedo decir, cuando su divina mirada me transmite lo que no sería capaz de escribir.

Quería sentirme siempre cerca de ella.

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