Decía el Papa Francisco: “Es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más. Incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse”.

Hoy cuesta tanto hablar de perdón… Cuesta tanto perdonar al que nos ofende… Perdonar al que nos hiere. Perdonar sin castigo. Recibir perdón y perdonar. ¡Qué difícil aprender a perdonarnos a nosotros mismos!

El pasado viernes 4 de marzo, en el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza Coronada, participé, junto a personas muy importantes en mi vida, en las “24 horas con el Señor”, veinticuatro horas continuas de oración, adoración al Señor y perdón de los pecados y no dejaba de pensar, ante el Santísimo, que Jesús se me estaba mostrando misericordioso y por ello experimenté paz interior, en lugar de considerarme blanco de mi rabia. Creí entender que el perdón es un misterio, una de esas gracias que tanto nos cuesta encontrar.

Creí entender que, sólo perdonándome a mí mismo puedo perdonar al que me hiere y que sólo cuando soy perdonado me hago más capaz de acoger y perdonar a otros. ¡Cuánto cuesta el perdón! ¡Cuánto cuesta ese abrazo que todo lo borra!

En nuestro Motril y en nuestra Semana Santa en particular, nos podemos encontrar con frecuencia, con mucha frecuencia, corazones enfermos, rotos, heridos. Corazones que no saben por qué sufren, por qué viven con rencor. Tal vez no han vivido el sentimiento del perdón ni por tanto el sentimiento de misericordia, o tal vez no quieran vivirlo, lo cual sería peor, y por tanto debemos, entre todos, pues todos somos hijos de un mismo Dios, poner de nuestra parte para no excluirnos, para no excluirlos y para que no se sintieran excluidos y no nos sintiéramos excluidos.

Es verdad que el perdón no tiene que ver con el olvido. A mi entender, Nuestro Padre no olvidará la “herencia” que nos repartió y que malgastamos. No olvidará nuestra lejanía y nuestra ausencia. No olvidará tantas mañanas saliendo temprano a la puerta de la casa a esperar a sus hijos. No olvidaremos tantas actuaciones y acciones encontradas.

Esos recuerdos son su historia son nuestra historia, no los olvida no los olvidamos, pero al recordarlos ya no nos producirán dolor, no aumentan el rencor. El perdón lo transforma todo. ¡Qué importante es aprender a perdonar!

Esa fidelidad de mi Dios, en nosotros, me confunde. No recrimina, no exige, no denuncia. No hace justicia, no pide cuentas, no exige cambios. Me turba ese perdón, que lo perdona todo sin preguntas. ¿Es posible perdonar de esa forma? ¿No es injusto perdonar así? ¡Qué difícil pedir perdón y perdonar! ¡Qué bendición ser siempre perdonados¡

Yo no soy así, yo quiero ser asíYo no espero de esa forma, yo quiero esperar de esa manera.

Me conmueve ese Dios que nos busca, que nos espera. Me impresiona que no se canse de nuestras rebeldías y vuelva cada mañana al comienzo del camino que dejamos.

Esta Semana Santa viene enmarcada en un contexto muy especial: se sitúa en el Año Jubilar, decretado por el Papa Francisco para toda la Iglesia universal, dedicado a la Misericordia. Cada uno de nosotros individualmente y en el seno de nuestras Asociaciones Públicas de Fieles, nos hace falta recordar que todos hemos sido duros alguna vez, muchas veces. Ser consciente del propio perdón es la mejor disposición para perdonar al ajeno.

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