Os confieso que hoy no puedo disimilar mi ilusión, me siento como si tuviera 6 años y
fuera mi primer día de colegio; con el mismo cariño que un pequeño ordena su mochila, recibo
yo el nuevo curso cofrade que llega. No se puede evitar, septiembre tiene y tendrá siempre el
sabor de una nueva aventura que comienza, de ese compás que marca el final de una espera y
despierta aquellos sueños que andaban acurrucados ante el calor de un verano que ya nos
deja. Hoy, cuando todo vuelve a empezar, no puedo evitar acordarme de todo lo que tú un día
me enseñaste.

Contigo aprendí,
Que el trabajo debe ser siempre sincero y callado, que no precisa alardes, pues quién debe
conocerlo ya da buena cuenta de ello. Que a la hermandad le regalamos nuestro tiempo y ella
a nosotros siempre nos da un motivo de aliento.

Contigo aprendí,
Que a veces debemos parar el reloj para vivir el momento. Que no sólo en minutos puede
medirse el tiempo, que hay instantes que bien valen un esfuerzo y que el verdadero oficio ha
de llevarse por dentro.

Aprendí,
Que la semana no acaba después de siete días, que no podemos olvidar a nuestro Señor
cuando lo hemos resucitado, que el cofrade, cuándo es de verdad, debe sentir su espíritu todo
el año.

Contigo aprendí,
El valor de la palabra hermano, a mirar con cariño a quién se sienta a mi lado, pues solo el
amor sin límites ni condiciones es verdadero signo cristiano. Que siempre habrá una madrugá
que bautice y renueve amistades.

Contigo aprendí,
Que no hay límites ni fronteras que frenen este sentimiento, que todos somos iguales al
ponernos ante su planta, que nada importa, solamente su mirada.

Aprendí,
Que no es necesario despertarse del sueño, mientras quede alguien dispuesto a perpetuar
este legado.

Por eso, hoy, soy todo lo que contigo aprendí.

Dedicado a todos los que se esfuerzan cada día, demostrando el amor con su propio ejemplo.

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