Motril, y mi corazón, se han llevado en los últimos días uno de esos golpes que te recuerdan lo importante que es vivir. Se nos ha marchado una hija, una esposa, una madre, una abuela, una amiga, una mujer excelente y una cofrade de FE.

Dicen que Dios le da las peores batallas a sus mejores guerreros, y sin duda tú eras uno de ellos. Durante años has luchado contra la enfermedad, demostrando una fuerza de voluntad excepcional sostenida en ese salmo que tanto te gustaba: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.  Hoy, con la certeza de que ya descansas en los brazos de Nuestro Señor del Gran Poder, solamente me quedan palabras de agradecimiento.

Quiero darte gracias por tu FE, por tu AMOR y tu SONRISA. Tu vida ha sido un ejemplo para todos los que te queríamos, y te seguiremos queriendo eternamente. Contigo aprendí, junto con el resto de mis papis cofrades adoptivos, que la raíz de una Hermandad debe ser su FE. “Cuando sientas que has perdido, recuerda de dónde vienes y hallarás el camino que debes seguir, recuerda que los cofrades debemos ser mujeres y hombres de FE”, nunca olvidaré estas palabras que me dijiste cuando yo me iniciaba en el mundo de la Semana Santa motrileña. Hoy, como dice el refrán, me parece una verdad como un templo.

 Siempre nos enseñaste a mirar a los ojos del prójimo, a escuchar al necesitado, a consolar al enfermo y, en definitiva, a vivir desde el respeto y el amor. Nos mostraste, con tu día a día, que no existe mejor oración que la caridad. Ahora, y gracias a tu ejemplo, puedo entender que todo lo que tenemos debe servirnos para ayudar a los demás, o será que realmente no tenemos nada.

 “Quiero darte gracias porque con tu gran amor, tú me has dado Madre el secreto de la vida”. GRACIAS, POR TODO Y POR SIEMPRE.

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