Ahora, que solamente han transcurrido unos días, que el recuerdo aún está fresco en
la mente y en el corazón, me pregunto cuántos detalles y momentos de esta Semana Santa nos
hemos perdido.

Todos vimos como Cristo Rey llenaba de ilusión y chavalería las calles de Motril
abriendo, con mucha categoría, la semana que llevábamos un año esperando. Vivimos una
noche de Oración y Victoria, rezando bajo ese olivo de amor que anuncia la traición que un
beso sellara. Sentenciamos al más inocente motrileño y clamamos Misericordia junto a su
madre, en un sueño del que aún algunos no han despertado. Sentimos el esfuerzo de las niñas
del Consuelo para llevar a la calle a su Reina, y la devoción que Motril tuvo, tiene y tendrá
siempre al Cristo de la Salud. Conocimos el Gran Poder de nuestro Señor, en esa añeja
madrugá que pone a todo un barrio a tus pies. Contrajimos el corazón cuando tu expresiva
talla, Maestro, se cruzó en nuestro camino; y nos llenamos de Esperanza en la abarrotada y
cofrade calle Cañas. Enmudecimos en el Silencio que provoca tu muerte, lloramos al paso de tu
Sepulcro y presenciamos como la Soledad llenaba Motril al verte yacer sin vida. Y al tercer día,
este año sí, resucitamos contigo.

Hasta aquí el relato de todo aquello que, en un mundo de sentimientos y sensaciones,
hemos sido capaces de ver y percibir si estábamos por las calles de Motril durante el
transcurso de la Semana Santa. Llega, pues, el momento de preguntarse ¿qué hemos dejado
escapar en estos siete días de gloria? Quizás, entre el misterio y el palio, los candelabros y las
bambalinas, la cera y el incienso, no fuimos capaces de atender al despliegue de emociones
que se estaban apoderando de nuestra tierra.

Quizás, Motril no vio a un pequeño de cinco años llamando al martillo y llevando hasta
al cielo a su Señor, o las miradas cómplices entre quienes se sienten familia sin necesidad de
compartir apellido. Quizás, Motril no vio la ilusión y el amor del cañero y vestidor, la entrega
de una familia entera por su hermandad o el orgullo del costalero que se iba y, en el último
momento, se arrepintió. Quizás, Motril no vio el ímpetu de una cuadrilla soñadora en la cuesta
donde todo empezó, al cuerpo de acólitas “cangrejeras” que no apartan la vista de su Señora o
al hermano enfermo que reunió todas sus fuerzas para dar, al menos, una chicotá con su
madre. Quizás, Motril no vio el afecto entre hermandades en la puerta de un convento que
guarda mil historias en clausura, el rostro de ternura de quién presume de una madre
costalera o el sacrifico callado de quién porta a Dios en sus propias manos. Quizás, Motril no
vio la emoción contenida en una solemne saeta por quién hoy nos falta, la fe sincera de quién
goza de un balcón privilegiado que le acerca al Señor, o la amistad bajo capillo que se renueva
cada madrugá. Quizás, Motril no vio las puntadas de cariño y afecto que han confeccionado tu
saya, el canto elevado a la misma gloria de aquel que descuenta los días esperándote o a quién
solamente pide volver a verte. Quizás, Motril no vio el compromiso del nazareno que, por el
camino más corto, acudía ataviado y en silencio hasta tu puerta, la sombra que deja en la
noche tu perfecta silueta o los ojos de emoción del que lleva toda la vida a tu lado y te mira
como el primer día. Quizás, Motril no vio cada promesa realizada en tu honor, la melancolía en
el rostro de quién el hábito de un ser querido heredó o la tristeza del costalero al escuchar:
¡ahí queo!

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