Era Martes Santo y en la noche resonaba aquella canción de mi infancia:
“Caminando entre la gente ví a Jesús”, porque cuando marchas por la vida con
el corazón desabrochado y el alma dispuesta es fácil que te tropieces con aquello
que, en muchas ocasiones, Motril parece perderse.

A mí, que estoy de los detalles absolutamente enamorada, se me fueron
los ojos hacia aquel que en su mirada escondía el orgullo de quién sembró y, tras
varios años cuidando, ya tiene entre las manos el legado de su amor. Quizás sea
esa su mayor satisfacción, él y los suyos entregados ayer, hoy y siempre a la
Misericordia y el Perdón.

Es difícil explicaros aquella estampa haciendo uso, únicamente, del don
de la palabra. Eran como una legión, formando en el cortejo o admirando la
belleza desde un balcón, abriendo las puertas al Señor o escoltando, porque las
promesas siempre deben cumplirse, a la mismísima Madre de Dios. Son
ejemplo del verbo encarnado, de la palabra habitando entre nosotros y testigos
fieles de Jesús resucitado.

La semilla es hoy digna “astilla de tan noble madera”, árbol generoso en
fruto que asegura una perpetua herencia. Abuelos, hijos y nietos, tres
generaciones bajo una misma bandera: “A Jesús por María, que solo el Perdón
nos hará hijos de tu Misericordia”.

Gracias, familia, por regalarme el martes santo soñado.

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