«Entre la caña y el incienso»

Carmen Maria Muñoz Andrade — ¡A LA GLORIA!


El Señor, enamorado confeso de este suelo, tomó por patria nuestro Pueblo y aquí su casa instauró. Sus vecinos, e incluso algunos forasteros, orgullosos sacan pecho de este Señor, que siendo dueño de la luna y el sol, del ocaso y la aurora, propietario de un mundo que su mismo progenitor modeló, suplicó mirando al cielo mientras levantaba suavemente la voz:

“Padre, si he de morir, que sea en este orbe tan cristiano, lugar apacible y dulce bañado por el Mediterráneo, escoltado a buen recaudo, por montes legendarios que guardan en sagrado secreto el verdadero origen de este pueblo.

No me prives del sueño, que yo morir en sus calles quiero, entre la caña y el incienso, y en los brazos de mis paisanos, para que todo el mundo sepa que este es mi hogar en la tierra y aquí vine para dejar mi legado.

Beberé del cáliz respetando tu voluntad y tu palabra, cumpliendo así las escrituras que anuncian con mi muerte una nueva alianza. Que vengan los cobardes escondidos tras la guardia, que me apaleen y me hagan preso en nombre de una injusta ley, que este arrabal valiente y solidario se entregará en cuerpo y alma para calmar mis dolores y silenciar tanto desagravio.

Y que llegada la hora, sin saber muy bien que hacen, me suban al cerro y me cuelguen de aquel leño, que así de mi costado brotará sangre con auténtico sabor motrileño”.

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